SOBRE EL ESTADO DEL CINE ARGENTINO

SOBRE EL ESTADO DEL CINE ARGENTINO

por - Ensayos
27 Feb, 2025 11:57 | Sin comentarios
La revista holandesa Filmkrant pide un informe de la situación del cine argentino. La respuesta: un retrato sobre el plan de destrucción de las condiciones de posibilidad de un cine que sigue cosechando reconocimiento en todo el mundo.

«Una de las cosas que le digo a los empleados del Instituto es que si se portan mal les voy a pasar en continuado las cien películas argentinas que fueron vistas por menos de mil personas. Es una gran tortura». El hombre que le prodiga semejante elogio al cine argentino es el actual director del INCAA, Carlos Pirovano, invitado a un canal de streaming libertario afín al gobierno de turno, en los días previos al último Festival de Mar del Plata. En Argentina se están viviendo tiempos delirantes. Es una época que requiere tomar unos pasos de distancia para no caer en la locura, en la indignación (o vergüenza) diaria que producen los personajes como Pirovano. Impera intentar ver todo con un poco de humor. José Martinez Suárez o Rodolfo Kuhn podrían haber hecho una gran película con el espectáculo en el que se convirtió la Argentina.

Pero seamos serios un segundo. En las elecciones presidenciales del año pasado que le pusieron fin a cuatro años de una fracasada experiencia peronista-progresista en el gobierno, el pueblo se volcó hacia la opción más radical y novedosa de la oferta electoral: Javier Milei y su flamante partido libertario anarco-capitalista “La Libertad Avanza”. Desde el minuto cero (siempre subrayado en la imagen de Milei blandiendo una motosierra en sus actos públicos) el nuevo gobierno llegó al poder con un objetivo y una estética muy definida: ser embravecidos destructores del status quo

«Amo ser el topo dentro del Estado, soy el que destruye el Estado desde adentro», dijo Milei en un reportaje con un medio estadounidense. Comunicacionalmente, el gobierno prometió una revolución libertaria en pos de la liberación del individuo frente a la maligna opresión (cultural, impositiva, económica, educativa) del Estado. Pero en la práctica, este año de gestión ha demostrado que nos encontramos frente a un gobierno neoliberal de derecha muy parecido a cualquier otro, con los mismos objetivos que cualquiera de su especie: ajustar cuentas para generar condiciones amigables para los negocios con del FMI y otras organizaciones financieras y agentes extranjeros; desmantelar, empobrecer y luego privatizar cuanta empresa pública sea posible vender a manos amigas; y, también, dar una batalla mediática y cultural para que el empobrecimiento del Estado, el desprestigio de la noción de pueblo, y de las ideas de un bien comunitario para ese pueblo, no sólo sea algo aceptado, sino algo deseado por las mayorías.

Y en este último punto es donde el INCAA se vuelve, como dice el productor Pablo Chernov en una reciente intervención, un “oscuro objeto del deseo”. La promesa de campaña de cerrar el INCAA se transformó, una vez asumido el gobierno, en un feroz recorte presupuestario y operacional que mantiene vivo al cine argentino, pero en una suerte de terapia intensiva inducida. Chernov sentencia: “Este gobierno ha reducido al INCAA a su mínima expresión, pero no lo cierra. El poder parece estar diciendo: tráiganmelo vivo. Porque, finalmente, si lo matan, ¿a quién vamos a odiar?”. Un ejemplo de esta relación vampírica del Estado con el cine es, lamentablemente, el festival insignia del INCAA: Mar del Plata.

Breve cronología de eventos desafortunados: en abril, el intendente de Mar del Plata dijo que no iba a permitir la cancelación del festival de cine, y al mismo tiempo remarcó que su idea es “hacer el Festival Internacional de Cine Netflix o HBO”; en junio, el INCAA anunció que por primera vez en la historia cobraría fees de inscripcion a las películas argentinas que quieran participar del festival; en julio, Fernando Juan Lima, presidente de las últimas ediciones del Festival de Mar del Plata, renunció a su cargo; unos días después, mediante un decreto, el gobierno de Milei derogó la obligación de proyectar cine argentino en cines comerciales y recortó la financiación del INCAA; a principios de agosto, luego de que gran parte del equipo de programación del festival sea echado por los recortes presupuestarios, renunció Pablo Conde, el Director Artístico del festival de Mar del Plata; a los días, se ratificó que el festival se realizaría en noviembre y se anunció una nueva dupla de directores artísticos: Jorge Stamadianos y Gabriel Lerman, dos hombres con experiencia en la televisión y el periodismo hollywoodense que, según declararon, nunca en sus vidas habían puesto un pie en el Festival de Mar del Plata. En pocos meses, el INCAA y el festival más importante de Argentina dieron un giro de 180º política y estéticamente.

Quizás sea en vano ensañarse con Stamadianos y Lerman, dos paracaidistas en un Instituto ya corrompido. Sería como agarrárselas con Pinky por los planes mefistotélicos de Cerebro. Pero a través de ellos es posible ratificar algo del rumbo estético que este nuevo INCAA y el Festival de Mar del Plata han tomado. Luego de una edición del festival deslucida, espiritualmente degradada y que por primera vez en años tuvo salas más vacías que llenas (aunque con una programación heredada de la gestión anterior que tuvo algunos puntos interesantes), Lerman declaró en una entrevista que “desde mi lugar en Los Ángeles siempre fue poco el cine argentino que sirvió para poder mostrar afuera”. Para uno de los nuevos directores del festival importa poco y nada el hecho de que el cine argentino fue uno de los más celebrados por la crítica internacional y el circuito de festivales en las últimas décadas. Sus palabras no son un acto de ignorancia, como se ha dicho, sino más bien una declaración de principios, es la explicación de un corrimiento de referencias, la manifestación clara de un interés por otro tipo de cine. Dijo Lerman en esa misma entrevista: “el cine para conocedores tiene que estar en el festival, el cine experimental tiene que estar, pero no puede ser lo masivo. […] [en las próximas ediciones] cuando vayas a ver una película en una sala para 1000 personas vas a ver algo que puede disfrutar la mayoría, no un pequeño grupo”. Los propósitos formativos y educacionales de todo festival de cine (es decir, lograr por un par de días que las películas que disfruta un pequeño grupo las pueda disfrutar una mayor cantidad de gente) son nociones completamente soslayadas por la nueva gestión. ¿Un festival de cine como un espacio para la formación de espectadores? No Mar del Plata, ya no más.

Después, la niebla (Sappia)

Entonces, diagnóstico provisorio: el cine argentino (como concepto general, pero también su producción y su lugar en la agenda cultural y política) hoy en día se encuentra empobrecido, banalizado, descontextualizado y dejado a la buena de Dios por parte del propio Instituto que debería velar por su salud.

En medio de este clima, la comunidad cinematográfica argentina comienza a mostrar algunos gestos de reacción. El pasado noviembre, en un teatro marplatense y en paralelo a la última edición del Festival de Mar del Plata, se realizó Contracampo. Esta “acción en defensa del cine argentino”, según las palabras de su manifiesto, fue organizada por un grupo autoconvocado de directores, productores, críticos y trabajadores del cine (del que, debo decirlo, yo fui parte) con el objetivo de hacerle frente al «desguace programado» que lleva adelante la nueva gestión del INCAA. Además de la proyección de películas argentinas del pasado y de más de treinta películas argentinas contemporáneas provenientes de distintos rincones del país, que intentaron conformar un panorama con varios modelos de producción (independientes, industriales y marginales), diferentes criterios estéticos, y el entrecruzamiento de nombres consagrados (Celina Murga, Martín Rejtman, Hernán Rosselli, Raúl Perrone, Rodrigo Moreno, entre otros) con cineastas emergentes (como Ile Dell Unti, Maia Navas, Julieta Seco, Martín Sappia, Daniela Seggiaro o Pablo Martín Weber), Contracampo propuso intentar abrir el debate. Había ganas de hablar en Mar del Plata. Todas las mañanas de Contracampo tuvieron lugar multitudinarias charlas asamblearias abiertas al público en donde parte de la comunidad cinematográfica argentina disertó sobre distintos temas relativos al estado del cine argentino, debatió ideas a futuro y, lo más importante, se prestó a la autocrítica. 

De estos debates quedó un inevitable sabor a poco, hay que decirlo. Y la razón es obvia: hay demasiados temas pendientes, muchas voces que faltan pronunciarse y mucho más por decir y repetir. Frente a la batalla cultural que proponen las fuerzas que quieren acabar con el cine argentino, hace falta una usina de nuevas ideas que solo pueden nacer de un arduo trabajo en conjunto. Cualquier ofensiva que se precie como tal de parte de la comunidad del cine argentino va a requerir ser cocinada al fuego de una larga autoexaminación política y estética. Harán falta varias sesiones más de un profundo (¿psico?)análisis comunitario.

No todos los males son responsabilidad del gobierno de turno, ni del anterior o el anterior. La crisis del cine argentino tiene muchas raíces y muy profundas, y, para colmo, la época tira para abajo. En una reciente entrevista radial con Ernesto Tenembaum y Reynaldo Sietecase, hoy en día dos de los periodistas de actualidad política más escuchados, Mariano Llinás tuvo que explicar, ante la mirada atónita de sus entrevistadores, que hizo una película de 14 horas bastante famosa. Ninguno de sus interlocutores la había visto o sabía de qué se trataba, y uno de ellos ni siquiera sabía de su existencia. Podríamos decir: malos periodistas, con una goolgeada bastaba. Pero el asunto es otro. Este intercambio es sólo una prueba más de que el cine (y en especial el cine argentino) ha perdido un inconmensurable terreno en el campo cultural del país. Y con esto no pretendo rememorar nostálgicamente las épocas en las que mi abuela proletaria iba al cine de su barrio a disfrutar sin discriminación de lo último de Fellini, algún western de Hollywood o una comedia de Fernando Ayala. Hoy el cine argentino está a años luz de ocupar un espacio en la vida cotidiana siquiera parecido a ese: cada vez está menos presente en los medios de comunicación masivos (a menos que se lo critique como un supuesto agujero negro de las arcas del estado), los directores argentinos que desfilan por los festivales internacionales (y que dentro de la comunidad son estrellas) no son nombres reconocidos por la mayoría, y como no es sencillo primero conocer y luego acceder a su vastedad, el cine argentino se aleja en el horizonte de potenciales opciones culturales del día a día de “la gente común”.

Desde que comenzó el siglo, Argentina es (o era) un país con una enorme y rica producción de films terriblemente mal distribuidos y mal exhibidos en el país (y ni hablemos del estado de su preservación…). Encontrar causas y responsabilidades requerirá un fuerte trabajo de revisión por las partes de la comunidad competentes en el asunto. Pero lo cierto es que el público externo a los nichos cinéfilos y la mayor parte del cine argentino son dos esferas que cada día se separan más y más. Y por si fuera poco, hoy por hoy para muchos cineastas estrenar en el MALBA, la Lugones y con suerte en el Cineclub Municipal Hugo del Carril, ya significa un éxito rotundo con el que pueden dormir tranquilos, felices y satisfechos por la labor hecha. La época tira para abajo, y dentro de la comunidad ronda cierto conformismo con los propios horizontes del mundillo, un horizonte de posibilidades, de vida de las películas, que día a día se ajusta más y más. Mientras tanto, para la gente lejana, pero ni siquiera tan lejana de los bordes del nicho cinéfilo, la mera existencia de un MALBA, una Lugones u otros espacios, es un misterio, una excentricidad. Tal como señala Fabio Vallarelli en un texto reciente, el pecado más lastimoso para un arte es conformarse con una dimensión “boutique”, con ser algo de pocos para pocos. Frente a la situación que vive el cine argentino, ¿de qué puede servir seguir fortaleciendo los techos de cristal que nos encierran sobre nosotros mismos? La época pide cambiar de escala, creer en algo más allá.

Hay luchas gigantes, institucionales, legislativas y políticas por delante, pero la comunidad cinematográfica argentina no debe olvidar la disputa más silenciosa, aunque quizás la más apremiante: la formación de espectadores. El objetivo de un INCAA mejor, que funcione y no le dé la espalda a las riquezas del cine argentino, hoy se presenta casi como una quimera, como el final de una larga maratón que no parece ni haber comenzado. En medio de este panorama, cobra vital importancia el trabajo en iniciativas de difusión y discusión espontáneas como Contracampo, el fortalecimiento de festivales regionales, de las muchísimas instituciones que enseñan cine en Argentina y del cineclubismo que existe y sobrevive en espacios alternativos y salas pequeñas a lo largo y a lo ancho del país. En estos focos aparentemente pequeños, pero principalmente con la gente que les da vida, puede estar el germen de una gran victoria. 

Frente a un gobierno abiertamente dispuesto a dejar al cine argentino con cada vez menos lugares de exhibición, queda habilitado imaginar cuánto se beneficiaría todo el ecosistema del cine argentino sólo con generar y coordinar vasos comunicantes virtuosos y colaborativos entre los muchos espacios alternativos que existen en el país y la gente que hace cine. Pero también con la gente que escribe sobre cine, que lo estudia, o que lo programa ¿Acaso no hay cineastas con ganas de mostrar sus películas, espacios que necesitan de programación y curaduría o críticos dispuestos a proponer maneras de mirar para acercarse a distintos tipos de cine? Definitivamente, hay mucho que se puede hacer con lo que ya existe. Pero sea como sea, armados con unas u otras fantasías sobre el futuro, con un proyecto u otro, hoy se vuelve imperativo trabajar en pos de acercar el cine a la gente. Quizás suene vago, como una quimera, pero es eso. Ya que todo parece demolido, hay que construir, construir mejor, y construir desde las bases. A la par de la usina de nuevas ideas debe funcionar una usina de nuevos espectadores. Permitir que el vínculo entre el público y el cine argentino se termine de cortar del todo es peor que cincuenta leyes de cine derogadas.

Podemos volver a producir cientos de películas al año, tener una industria pujante con mucha actividad laboral, ganar premios en los festivales más importantes, cosechar dossiers elogiosos de las revistas más prestigiosas del mundo, pero ¿de qué sirve todo esto si al final del camino no va a existir un público que, cuanto menos, sepa reconocer a su propio cine, sus propias imágenes? Hay que crear, sí, pero también hay que buscar la forma de acercar. Frase que no es mía: uno no puede desear lo que no conoce.

Versión en castellano de un texto originalmente publicado en la revista Filmkrant #475.

Tomás Guarnaccia / Copyleft 2025