
BAFICI 2025: MI HIJO / MOY SYN
Moy Sin / Mi hijo, Evgenii Cherviakov, Unión Soviética, 1928
Una mujer le confiesa a su marido que el hijo que acaban de tener no es suyo. El impacto es inmediato y el tiempo de aprendizaje sobre el sentido de ese hecho también, más allá de que Cherviakov, sin ningún apoyo verbal o textual, consigue plasmar el lento acomodamiento del hombre a una idea novedosa de paternidad y masculinidad. Aun así, y más allá de la elocuencia dramática en todos sus segmentos, no faltan algunas alusiones al dilema, como se puede constatar en un intermedio misterioso y didáctico sobre los niños que nacen en la Unión Soviética a fines de la década de 1920 y el amor que pueden recibir sin ser vistos como propiedad genética de una familia potencial. La austeridad es programática. En este sentido, el despojo material de los interiores es concomitante a la economía gestual de los dos intérpretes principales (la hermosa y excelente Anna Sten y el sólido y también guapísimo Gennadiy Michurin), quienes transmiten el desorden emocional con ligeros cambios en las posturas corporales y en la expresión de la cara y la mirada, gestos precisos debido a que el montaje intensifica las secuencias que tienen como objetivo demostrar las pasiones y sus efectos. En otro pasaje con fines pedagógicos, un niño muere y otra mujer debe afrontar el momento de despedir a su hijo para siempre. Lo que sucede entre las miradas del protagonista y una de sus vecinas es en sí una demostración de los alcances semánticos del montaje, pues sin palabra alguna se dice de todo. Lo mismo sucede con un recurso hoy exhausto: el primer plano. El empleo de esa escala de plano con la distancia y la iluminación justas sobre el actor y la actriz, y lo que pasa entre ambos, en esa secuencia respecto del desarrollo de la película constituye un triunfo retórico de la puesta en escena, porque es el inicio de un salto ornamental en la conciencia del protagonista, un hombre que superará el narcisismo de creer que solamente se puede ser padre si el vástago tiene una relación directa con su genética. No se puede omitir mencionar que esta proeza cinematográfica existe para todos los cinéfilos del mundo gracias al Museo del Cine Pablo Ducrós Hicken y al trabajo admirable e indetenible de Paula Félix Didier y Fernando Martín Peña. A casi 100 años de Mi hijo, poder verla responde al tesón de ambos.
Roger Koza / Copyleft 2025
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