CUESTIONES PROVISORIAS: SUEÑOS, CONJETURAS Y ASOCIACIONES (18): LA ALFOMBRA EN EL MAR
En los cines de Manila proyectan Cuando acecha la maldad. A miles de kilómetros, los filipinos ven una de terror con acento rioplatense. Rarísimo. Por cierto: la cartelera no está atestada de películas estadounidenses, aunque Napoleón tiene sus horarios y una de Marvel tomará varias salas desde la semana entrante. El cine nacional tiene sus plazas; acá también hay estrellas nacionales, comedias y thrillers que deben parecerse un poco a los de Hollywood y otro poco a los de Hong Kong. Las películas chinas y japonesas completan la oferta. El 8 de enero, por ejemplo, se estrena la última maravilla de Miyazaki: El chico y la garza.
En esa película dibujada con la mano, el sabio concluye que todo lo hermoso del mundo ha dejado de existir. Podría haber sido otro el camino; podría haber sido una forma de vida que prescindiera de acumular objetos, adueñarse de lo común y perpetuarse en una felicidad estruendosa asociada al triunfo. En El chico y la garza se plasma sin disimulo el apocalipsis; es el fin irreversible de una vida simple en la que bastaba la contemplación del esplendor de las criaturas y en cooperar sensiblemente con ello y entre nosotros para sobrevivir con discreción y conocer lo circundante. Era un buen plan civilizatorio. No sucedió.
Manila es una ciudad sin límites; es difícil reconocer dónde comienza un distrito y empieza otro. La continuidad está inscripta en el movimiento frenético de los transeúntes y sus vehículos en las calles. Caminarla es parecido a disponerse a realizar una expedición con múltiples obstáculos. En donde estoy no hay extranjeros; la casa de mi amigo, la más discreta que jamás haya visto cuando se trata de cineastas, está ubicada en una zona que no exhibe presuntos atractivos turísticos. Mientras él filma, yo estoy en su casa. No tiene absolutamente nada excepto unos 300 libros. Todos son buenos, como sus películas que estimo no deben pasarse en los cines comerciales de Manila. Es un buen lugar para trabajar todo el día. Las pausas se restringen a caminar.
La palabra que define la experiencia de estos primeros días en Manila es la multitud. Las motos, los autos, los colectivos diminutos con decenas de personas amontonadas que no sienten incomodidad alguna, las bicicletas que irrumpen en el espacio visual como un todo desorganizado que tiene su propia regla de circulación ignorada por el recienvenido. El ritmo es incesante; ya desde las 6 de la mañana, ese todo cubre el pavimento. Un misterio sonoro al margen: los bocinazos no son abundantes.
Se desconoce el tiempo de descanso. Varios puestos callejeros de comida no cierran en la noche, una peluquería de hombres cierra a las 23 y la cafetería de mitad de cuadra tiene sus puertas abiertas sin pausa los 365 días del año. Al lado del café, una mujer entrada en años me invita a probar sus masajes. Añade que el tratamiento facial es excelente. La fantasía recurrente se desvanece como corresponde en cada viaje al Asia: el ser asiático, como dueño de una disciplina de la introspección, es en realidad una proyección de occidentales. En 1991, pude atestiguarlo en India: en Calcuta, en Puna o incluso en Benarés, donde todos se despiertan a las 5 de la mañana para ir a rezar al Ganges, esa forma de vida imaginada investida de quietud y armonía es desmentida por la realidad. Décadas más tarde, lo mismo comprobé en China. El estilo asiático es vertiginoso; el que no trabaja todo el día y no conoce otra realidad, en su tiempo libre consume hasta reventar. En estas ciudades se adivina un futuro aterrador. La democracia liberal (en su justa acepción) será vista como la última utopía si este capitalismo asiático se impone.
Lo que sucede en el café Starbucks del barrio es una alucinación: está lleno las casi dieciocho horas que permanece abierto; las filas para pedir y retirar son numerosas. A diferencia de otros lugares, en el café que te pregunta el nombre y lo anota en el recipiente, el único occidental sentado soy yo. ¿Quiénes están ahí? Muchas familias ocupan las mesas del primer piso y no faltan los jóvenes estudiantes. Es bastante más caro que cualquier otro café. La pasión por ese modo de consumo es inexplicable. Es una droga que no se puede dejar, como el celular que todos tienen en sus manos y nunca dejan de mirar. Chatear, poner likes, grabarse; ser es ser en imágenes y pantallas, en Córdoba, en Lanzarote o, recalcadamente, en Manila.
Es la época de la imagen de la imagen del mundo. Es un tiempo rarísimo y es en principio lo que justifica más que nunca pensar el cine. En tanto no se perciba una distinción entre la imagen cinematográfica y todas las otras que ya duplican hasta el vértigo todo aquello que puede ser representado en imagen, las imágenes serán lo que vienen a ser hoy: generadas por un sistema mimético de duplicación intervenida, imágenes de toda índole emergen y se disipan como suplemento de todo lo que existe para un presente evanescente. La diferencia radicaba en lo siguiente: la imagen cinematográfica tomaba del presente un instante y su duración para hacer perdurar un presente que ya no lo era. De inmediato, se comprendió entonces la relación de la memoria con el cine; en esas primeras décadas era costoso componer una imagen. Pero una imagen no cinematográfica no establece ninguna relación con el pasado. Su función es otra, como su destino: al producirse se confirma que lo visto existe y al instante no más ya sabe de su destitución. Es un sistema de reemplazo infinito cuya duración no supera un puñado de horas. Los programadores de las aplicaciones lo saben. Las historias de Instagram se borran al terminar el día.
En la madrugada, el sueño vence y me desplomo. La escena onírica es extraña: vuelvo al lugar donde estuve una semana atrás: la isla La Graciosa, enfrente de otra isla volcánica, Lanzarote. Puedo ver que el desayuno está servido. Huevos revueltos con panceta. Pienso en el sueño que no ingiero carne roja desde 1983, pero sé que ha sido mi papá el que preparó todo y no puedo despreciarlo. Papá murió a fines del siglo pasado. ¿Cómo sé que es él? En los sueños, los muertos siguen vivos. Cuando lo disponen, regresan, hablan y dicen cosas. O preparan un desayuno. La verdad es la siguiente: apenas recuerdo su rostro, ya no su voz. El desayuno me espera. Debo romper la interdicción dietética. Sin saber cómo, ese momento ya pasó. El montaje durante los sueños es libre. Fundido a negro.
La isla parece un rincón de un planeta sin identificación astronómica. Estoy solo. El mar luce sereno y por eso no me sorprende ver la alfombra persa que flota en él sin el menor movimiento. Lo sé sin saber por qué: hay que subirse y emprender un viaje a altamar. Es el imperativo de la escena. La elipsis onírica es una maravilla. Así, gracias a una económica discontinuidad, ya en medio del Atlántico y flotando en una alfombra, pienso en una directora que filma muy bien el mar. ¿Dónde estará Helena? No tengo miedo, no sé a dónde voy y nadie me espera. Esa conclusión excede al sueño.
Al despertar pienso en una declaración de Víctor Erice que no puedo sacármela de la cabeza. En verdad no es suya. La cita es de Paul Nizan de su libro Aden Arabie. Dice así: “Yo tenía veinte años. No permitiré que nadie diga que es la mejor edad de la vida”. Nizan murió a los 35 años luchando contra los nazis en Dunkerque.
Copyleft 2023 / Roger Koza
Otras Cuestiones provisorias:
17. La última palabra (leer acá)
16. El regalo de una madre (leer acá)
15. Cornelius y Buster (leer acá)
14. El señor de los hisopos (leer aquí)
13. Breve vida (leer aquí)
12. El momento de la ficción (leer aquí)
11. Las máscaras (leer aquí)
10: El trabajo de mis ojos (leer aquí)
9: Las pieles (leer aquí)
8. Las estampita del monje (leer aquí)
7. Desde el diván (leer aquí)
6. Un misterioso idioma (leer aquí)
5. El método Castro (leer aquí)
4. Bichos (leer aquí)
3. Memorias del teleconductismo evangélico (leer aquí)
2. En los primeros días de otoño (leer aquí)
1. En los labios de Luis (leer aquí)
La cita de Nizan la usaba cada vez que aparecía alguno a hablar bien de los 90. Ahora ya ni me molesto.
Yo no la conocía, sí a él via Sartre. Sobre le presente… Sobre el pasado. Sobre el futuro. Solamente te diré lo que puedo: haré todo lo que esté a mi alcance para decir no y decir que otra forma de vida puede existir. Dicho de otro modo: la vida de derechas no es una forma digna de vida.
El sueño más real de La Graciosa:
https://vimeo.com/nietzskifilm/httpsvimeocomsixtyspanishcigarettestrailer?share=copy
Hola Roger,
Me acordaba de lo que decía Fisher sobre Starbucks en Realismo capitalista, inspirado en «Walmart como utopía» de Jameson. En internet no encontré el libro (que tampoco tengo a mano ahora), pero sí una entrevista donde lo resume: «La gente quiere espacios públicos, por eso Starbucks es popular, porque ofrece una socialización genérica. Es un espacio anónimo y genérico, incluso algo como el programa de talentos X-Factor, a la gente le gusta porque así participa de manera pública y colectiva en algo. Muestra que incluso en estas condiciones, donde ideológicamente todo va en contra de lo público, sigue habiendo un deseo de lo público, que solo recibimos de forma degradada. Lo que el comunismo ofrecería sería tener estos espacios genéricos donde la gente pueda entrar sin necesidad de pagar por un café de mierda. Es el espacio público que necesitamos en el futuro, en el que la gente se pueda reunir sin los agregados parasitarios del capital».
Estimadísima y admirada: me pone muy contento leerla por acá. Debe ser de Realismo capitalista. Recuerdo sus apreciaciones sobre esa compañía y algunas observaciones sobre la culpa del progresista que usa una Mac. Me sacó una sonrisa aquel texto. Era inteligente ese hombre. No le puedo reprochar haberse quitado la vida. En reiteradas ocasiones, me parece razonable. Lo triste es que su inteligencia dejó de alumbrar lo que no solemos poder ver con claridad. Por cierto: cuanto quisiera yo que existiera una forma de encuentro en el que se pudiera sentir que mi vida no es el limite de mi vida. Soy un conjuntivista, un partidario de la Y: la vida a solas es una vida biológica, un grado cero de existencia. Ese es el paradigma reinante. Por eso no quiero dar mi nombre en Starbucks. Ayer, empero, cuando pedí mi café, tuve que dar un nombre. Fui Frank Zappa. A ese también lo extraño.