
ESTRENOS ETERNOS (27): REMORDIMIENTO / BROKEN LULLABY
En el inicio de la obra maestra de Ernst Lubitsch Broken Lullaby (1931), el francés Paul Renard (Philips Holmes) solicita ayuda, desesperado, en una iglesia. “Yo no nací para ser un criminal. Era músico, tocaba el violín en una orquesta. Era muy feliz. Toda mi vida estaba dedicada a la música. Quería traer felicidad a este mundo, y lo que traje es muerte”. Un flashback reconstruye el hecho que lo atormenta, como mató a un alemán en la Primera Guerra Mundial. Paul recita con palabras asépticas el recuerdo de su existencia burocrática: Walter Horderlin, 22 años, Falsburg, Baden, calle Berg, número 64. Pero esa memoria esconde un hombre, “the man I killed”, el hombre que maté. Un sacerdote le explica que no ha cometido crimen alguno, que lo único que hizo fue cumplir con su deber. “¿Un deber, matar?”, responde. “¿Es esta la única respuesta que me dan en la casa de Dios? Vine aquí para recibir paz y usted no me la da”.
Broken Lullaby es un emocionante relato sobre la culpa y la expiación, también sobre el improductivo rencor que se puede perpetuar generación tras generación para alentar más sufrimiento. Son varios los filmes de Hollywood que recordaron el dolor de la Gran Guerra en un tiempo en que se empezaba a cocinar una guerra aún mayor. Un hito del antibelicismo es la primera adaptación de la novela de Erich Maria Remarque All Quiet on the Western Front (1930), ganadora del Oscar a la mejor película y a la mejor dirección (Lewis Milestone) en la tercera edición de los premios. Al comienzo, un profesor alemán arenga a su alumnado para que se aliste en masa. “¿Son sus madres tan débiles que no pueden enviar a un hijo a defender la tierra que le dio nacimiento?”, afirma, para luego añadir con repugnante cinismo si acaso es malo para un chico adquirir un poco de experiencia. Para honrar las bajas, si las hubiere, queda el verso de Horacio Dulce et decorum est pro patria mori, es dulce y digno morir por la patria, una frase que suelen repetir los que menos se prestan a ejercerla. Cuando acaba su discurso, la juventud presente en la escuela se levanta entusiasmada, dispuesta para la lucha y la supuesta gloria que esta trae. Desfilan por el espacio al ritmo del Die Wacht am Rhein y lanzan papeles al aire. La escena concluye con la sala vacía: se acabaron las clases, la barbarie se impone sobre el conocimiento.
La guerra nunca es otra cosa que miseria y hambre, una masacre de gente que no se conoce para beneficio de gente que sí se conoce pero no se mata, dijo Paul Valéry. En un momento de descanso, varios soldados conversan. “¿Cómo comienza una guerra?”, pregunta uno, ya que la causa siempre parece estar fuera. “Bien, un país ofende a otro”, explica alguien. “¿Y como es eso? ¿Quieres decir que una montaña en Alemania se enfada con un campo de Francia?”. La respuesta es obvia: no, claro, es una gente la que ofende a otra. “Oh, si eso es todo”, replica el anterior, “yo no tenía que estar aquí, en absoluto. No me siento ofendido”. Otro hombre dice que no quiere disparar a ningún inglés, que nunca había visto uno hasta llegar al campo de batalla y seguro que ellos tampoco nunca habían visto a un alemán. El protagonista, Paul Bäumer (Lew Ayres), regresa más tarde a casa de permiso para constatar que, a muchos kilómetros de las balas, hay una sociedad engañada por la propaganda que cree que la victoria está próxima y que los soldados -reclutas cada vez más jóvenes- incluso reciben comida decente. De visita en su escuela, el profesor del principio le pide que le transmita a los alumnos la fantasía del orgullo bélico, pero lo que les cuenta es bien diferente: “Vivimos en las trincheras, luchamos. Intentamos que no nos maten, pero a veces sucede. Eso es todo”. Se opone a las mentiras de su viejo maestro con la convicción, aprendida a fuerza de bombas, de que son millones los que están muriendo inútilmente por sus patrias.
En el justamente célebre final del film, Paul está de vuelta en el frente y sonríe al observar una mariposa fuera de la trinchera. Se alza ligeramente sobre los sacos de arena para cogerla con la mano, pero al hacerlo queda al alcance de un francotirador que lo ejecuta de un disparo. Un final austero y, por esa razón, efectivo y desolador. El mismo año, en el bando alemán G. W. Pabst realizó la excepcional y aterradora Westfront 18, otro relato de los desastres de la contienda que concluye con un revelador Ende?!, “¡¿Fin?!”, con los inquietantes signos que nos invitan a reflexionar sobre si en efecto el monstruo de la violencia ya se ha extinguido. Ahora que se pone de nuevo en marcha la maquinaria económica de la muerte, ahora que el regreso del fascismo nos sitúa otra vez delante del espejo de los años 30, es útil revisar las mejores advertencias que el cine nos dio por aquel entonces.
Broken Lullaby, Estados Unidos, 1932
Dirigida por Ernst Lubitsch.
Escrita por Maurice Rostand, Reginald Berkeley y Samson Raphaelson.
Martín Pawley / Copyleft 2025
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